domingo 15 de enero de 2012

Soneto VI

Por ásperos caminos he llegado
a parte que de miedo no me muevo;
y si a mudarme o dar un paso pruebo,
allí por los cabellos soy tornado.

Mas tal estoy que con la muerte al lado
busco de mi vivir consejo nuevo;
y conozco el mejor y el peor apruebo,
o por costumbre mala o por mi hado.

Por otra parte, el breve tiempo mío,
y el errado proceso de mis años,
en su primer principio y en su medio,

mi inclinación, con quien ya no porfío,
la cierta muerte, fin de tantos daños,
me hacen descuidar de mi remedio.


Garcilaso de la Vega

miércoles 6 de abril de 2011

Noche

Tal vez esta noche no es noche,
debe ser un sol horrendo, o
lo otro, o cualquier cosa.
¡Qué sé yo! Faltan palabras,
falta candor, falta poesía
cuando la sangre llora y llora!

¡Pudiera ser tan feliz esta noche!
Si sólo me fuera dado palpar
las sombras, oír pasos,
decir "buenas noches" a cualquiera
que pasease a su perro,
miraría la luna, dijera su
extraña lactescencia tropezaría
con piedras al azar, como se hace.

Pero hay algo que rompe la piel,
una ciega furia
que corre por mis venas.
¡Quiero salir! Cancerbero del alma.
¡Deja, déjame traspasar tu sonrisa!
¡Pudiera ser tan feliz esta noche!

Aún quedan ensueños rezagados.
¡Y tantos libros! ¡Y tantas luces
¡Y mis pocos años! ¿Por qué no?
La muerte está lejana. No me mira.
¡Tanta vida, Señor!
¿Para qué tanta vida?


Alejandra Pizarnik

viernes 11 de febrero de 2011

Querida Alicia:

No sé si esta carta llegará algún día a tus manos. No creo que me atreva a enviarla. Ni siquiera sé si tú la abrirás; supongo que te asustarás al recibir una carta mía después de todo lo que pasó. Incluso podría molestarte que la envíe y sobre todo lo que te voy a decir: te echo de menos. Te parecerá cínico e incluso extraño, pero aún te quiero. Que sí, que te lo tendría que haber dicho cuando pude, pensarás, y te enfadarás conmigo por atreverme a irrumpir por segunda vez en tu vida, revolver tu mente y remover todo el pasado que tantas lágrimas y esfuerzos te ha costado superar.

Bueno, la verdad es que no me importa tanto que te enfades: son mis sentimientos y tengo tanto derecho a anunciarlos como tú a rechazarlos. Después de todo, sólo quiero decirte eso, que te amo todavía desde tan lejos y que estos años que pasé a tu lado han sido los mejores de mi vida. Ya lo he dicho. Vaya sorpresa, ¿no? Que fueran los mejores años, digo. Todos mis amigos lo sabían, toda mi familia notaba que tú eras el amor de mi vida. Hasta yo sabía desde nuestra tercera cita que quería pasar el resto de mi vida contigo, y ojalá hubiera sido así. Sí, tardé tres citas en enamorarme de ti. ¿Qué quieres, que te mienta y te diga que me enamoré desde el primer momento en que te vi? Demasiado ñoño, no pega conmigo, ¿no crees? Eso pasa en el cine y en la tele y a veces en los libros. Supongo que te gustaría que te dijera que me enamoré de tu sonrisa, de tu pelo, o que cuando te vi tus ojos “ estaban rodando por el cielo y en tu rostro dos estrellas”, así, citando a Shakespeare porque Romeo y Julieta te encantaba y yo fingía hacerme el machote y hacer como que la soportaba solo porque a ti te gustaba, cuando era verdad que me emocionaba cuando veíamos juntos la versión de Zefirelli–cómo no emocionarse con ella estando a tu lado, viéndola a través de tus ojos y sintiendo sólo una mínima parte de lo que tú sentías. Pero no, no diré eso, porque eso son tonterías. No me enamoré de una parte de tu cuerpo, me enamoré de toda tú, de tu presencia, de tu persona, del significado de tu existencia en mi vida, del concepto de ti que formé en mi mente y que alimentaba, regularmente esta vez sí, con tu risa, tu pelo, tu boca y tus ojos y el aroma que dejabas en mi ropa o en mis sábanas cada vez que te marchabas, haciendo que me enamorara también de tu ausencia.

A lo mejor por eso fui tan feliz contigo: porque tu llegada significaba ser feliz. Traías la paz a mi vida cada vez que nos veíamos. Sólo costó tres citas descubrirlo, y es que la tercera fue maravillosa. Dios sabe qué me llevó a llamarte después de aquella desastrosa primera cita- no fue algo que dijera o dijeras tú; todo lo contrario: lo que la hizo horrible fue simplemente el silencio incómodo al que están destinados dos personas que no tienen nada que decirse-, pero se lo agradezco. Ya que me vuelvo sincero, te confieso que sólo quería acostarme contigo y no volver a verte nunca, pero ni me acordé de mis intenciones cuando un impulso desconocido me obligó a marcar tu número aquel tercer viernes.

No me acuerdo de mucho después de esa cita; no de nada puntual, quiero decir. Sólo recuerdo que desgastamos las calles de la ciudad a base de paseos sin rumbo, que agotamos las existencias de aquel café italiano y arrancamos con los ojos todas las flores del Parque de la Libertad. Nunca fuimos de esas parejas que necesitan recuerdos y mantienen conversaciones a base de anécdotas de otra época para recordarse cada día que se quieren y que han tenido una historia juntos; nosotros no necesitábamos eso para saberlo, o simplemente hacerlo. También por la misma razón discutíamos tanto. No dejabas de repetir que una discusión es una lucha, y las parejas que discuten son las que tienen algo por lo que pelear. Los que simplemente dejan de hablar sólo buscan una excusa para romper. Tampoco fuimos de esos. En el fondo me sentía orgulloso de nuestras discusiones. Realmente, aparte del último año, la única crisis que tuvimos fue cuando lo de la muerte de tu padre. ¿Recuerdas? Estabas tan afligida que tenías que descargarte en mí. Rectifico. No fue una crisis, sólo una prueba más de lo que significábamos el uno para el otro: te enfadabas conmigo porque era la única persona con la que tenías la confianza suficiente como para mostrar tus sentimientos. Estoy seguro de que tú también tenías en cuenta el valor de nuestras últimas peleas. En cierto modo, tenía la certeza de que me seguías queriendo aunque dijeras que me odiabas, y que disfrutaríamos de una feliz reconciliación en el dormitorio, incluso en las más fuertes en las que dabas un portazo y te ibas a casa de Clara un par de días. Yo lo veía así, y espero que tú también. Espero que no te tomaras en serio los duelos de sarcasmos e ironías, los días mohínos y los continuos tira y afloja verbales a los que tú, por supuesto, siempre sabías darle la vuelta para que la pelea pareciera una declaración de amor. ¿Te acuerdas de esa ocasión en la que el que di el portazo fui yo? Fui directo a la joyería a comprarte un anillo de compromiso con un pedrusco bien gordo. Lo podrás encontrar debajo de mi colección de postales si todavía no has metido mis cosas en cajas. Si lo has hecho, supongo que ya lo habrás encontrado. No sé si es una desfachatez preguntarlo, pero… ¿te lo pondrás alguna vez? Sería un detalle bonito, aunque ya sé que no puedo obligarte a acordarte de alguien a quien estás intentando olvidar. Sólo es que me haría ilusión saber que me hubieras dicho que sí.

No sé siquiera si tengo derecho a pedirte que seas feliz. No lo sé, no sé ni lo que piensas de mí, lo que pensaste el día que llegaste a casa y te enteraste de que me había ido para siempre. Supongo que primero te entristeciste y olvidaste todo, todas las peleas y los motivos que nos llevaron a ellas. Después, lo normal es que te enfadaras. Yo lo haría: me fui sin avisar, dejando todo en el aire, no ya nuestro futuro, sino nuestro presente, tu presente. Porque, ¿qué somos tú y yo ahora? ¿Me perdonaste ya? ¿Volviste a caer en la tristeza? ¿Te pondrás el anillo? Son preguntas- yo siempre andaba con mil preguntas sin respuesta- que sólo podríamos contestar viéndonos. Yo te veo muchas veces, y veo que estás triste, así que ya tenemos una respuesta. Pero no me atrevo a acercarme a ti. Te asustarías. Te enfadarías. No tengo derecho a volver a ti, tú tienes que seguir con tu vida. Pero ojalá pudiera hacerlo. Ojalá pudiéramos volver atrás, retomarlo, borrar nuestra última conversación. Ojalá no me hubiera ido esa noche. Ojalá no hubiera cogido el coche y puesto a dar vueltas por la ciudad. Ya había tomado unas cuantas copas –ese, de hecho, fue el motivo de la pelea- así que supongo que era cuestión de tiempo el salirme de la carretera y perder la vida. Ojalá esa noche hubiera sido diferente. De toda nuestra relación no me arrepiento de nada más: ni de las discusiones, ni de no recordar nada, sólo de esa noche.

El único favor que te pido –porque lo del anillo sólo era un pensamiento en voz alta- es que seas feliz. Es egoísta y engreído por mi parte pedirte algo así siendo yo el causante de tu melancolía. No es fácil, dices, y tienes razón, por supuesto, pero ya que yo también sufro por no poder verte no me hagas cargar con la culpa de haber jodido tu vida. Sé que lo intentarás. Te casarás con un hombre atento y cariñoso que te mantendrá contenta y entretenida. Puede que tengas hijos, y los querrás mucho más de lo que siempre me has querido a mí, pero no preocupes, no te guardaré rencor. Lo superarás, pero no me superarás. Te construirás una vida feliz y te colarás en ella, pero te sentirás intrusa. Para qué engañarnos: tú nunca me olvidarás. O al menos eso me gusta creer. Yo al menos no consigo olvidarte.

Besos, José.

jueves 20 de enero de 2011

Setenta niños muertos

Hubo hace mucho tiempo una madre que sólo paría hijos muertos.

-¿Qué debo hacer?-preguntaba llorando- Dios me ha dado útero, me ha dado un útero pero no el amor. Todos mis hijos nacen muertos: sus cabellos son alambres que desgarran mis entrañas al nacer; no tienen ojos y se van dando cabezazos al caminar y sus brazos son sólo dos tumores que les cuelgan del costado. Y sus bocas… ¡Oh, sus bocas! Sus bocas son pozos oscuros que cuando se acaba la leche de mi pecho me sorben el alma. ¡Setenta! ¡Setenta muertes me dio la vida! ¡Están muertos, todos muertos, pero aún no dejan de llorar! ¿Qué debo hacer, oh, pueblo, con estos hijos que hasta el Diablo rechaza?

-Arrójalos al fuego. –dijo el Hombre.-Que sean pasto de las llamas hambrientas, de las insaciables llamas. Disfrutaremos de la horrible sinfonía de su dolor, de los gritos que profieran cuando se queme su carne podrida, cuando el calor derrita las entrañas putrefactas; ya se encargará el viento de alejar sus cenizas malditas de este pueblo.

-No, al fuego no.-intervino la Mujer.- El humo impío de esa pira llenará nuestros pulmones, corromperá nuestras almas y llenará de oscuridad nuestros corazones. No, el fuego no, el agua sí, el agua servirá. Ahógalos, sumerge sus deformes cabecitas en el río. Las burbujas de su última respiración inundarán la superficie y nos deleitaremos la vista con este espectáculo de muerte, sin que esos monstruos emitan queja alguna mientras el agua pura inunde su piel, luego su carne y después las venas, hasta que ya no sean más que despojos malolientes que la corriente se llevará lejos de aquí.

-¿Al río?-exclamó el Anciano- Al río no, necia insensata, al río no. ¿O acaso quieres que la sangre maldita de esos retoños malnacidos infeste nuestras aguas, nuestros peces, los pastos que nos dan pan y las reses que nos alimentan? El río no, en todo caso la tierra. Enterrarlos vivos será la mejor solución sin duda. Una fosa bien profunda, y los niños metidos dentro. Una vez cubiertos por la tierra y la piedra desaparecerán sin ser oídos ni ser vistos, se esfumarán de nuestra memoria como si nunca hubieran ocurrido en nuestras vidas. Eso es lo mejor.

-Necios.-sentenció el ángel que bajó del cielo-Estúpidos, idiotas ignorantes. Irracionales humanos, no sabéis pensar. No sabéis oír, no sabéis ver. Pues son estos niños regalos, paridos con dolor y mantenidos con vergüenza en este mundo. El fuego que estos niños toquen arderá vivo para siempre, e iluminará y dará calor a todos los pueblos de la Tierra. El río que a estos niños moje será puro y abundante, fértil y lleno de peces serán todos los ríos del mundo. Allá donde pisen los pies de estos niños nacerán flores de inigualable belleza, y sus semillas abastecerán de cereal todos los prados. Vosotros humanos desperdiciáis este regalo. Pues bien: que con la misma crueldad que maquinasteis su muerte sea el castigo. A ti, Hombre, que el fuego arranque ojos y oídos, que cosa tu boca para siempre y te quedes solo en el mundo. A ti, Mujer, el agua rehuirá; por donde vayas los ríos escaparán y nunca podrás calmar la sed que desde hoy mismo te tortura. Tú, Anciano, serás enterrado vivo y para siempre, tan hondo que jamás oirán tus gritos suplicando la muerte, pues vivirás hasta el fin de los días con el peso de la Tierra sobre ti. En cuanto a ti, Madre, horrible Madre, que tus hijos vuelvan a tu vientre de uno en uno, que te desgarren sus cabellos, que todos sus llantos lleguen hasta tus oídos y vivas hasta el resto de los días escuchando las lamentaciones de tus setenta niños muertos.

lunes 10 de enero de 2011

Les plaintes d'un Icare

Les amants des prostituées
Sont heureux, dispos et repus;
Quant à moi, mes bras sont rompus
Pour avoir étreint des nuées.

C'est grâce aux astres nonpareils,
Qui tout au fond du ciel flamboient,
Que mes yeux consumés ne voient
Que des souvenirs de soleils.

En vain j'ai voulu de l'espace
Trouver la fin et le milieu;
Sous je ne sais quel oeil de feu
Je sens mon aile qui se casse;

Et brûlé par l'amour du beau,
Je n'aurai pas l'honneur sublime
De donner mon nom à l'abîme
Qui me servira de tombeau.


Charles Baudelaire, Les fleurs du mal


(Los amantes de las prostitutas
se sienten felices, dispuestos y saciados;
en cuanto a mí, mis brazos están rotos
por haber abrazado las nubes.
Debido a los astros sin igual
que brillan en el fondo del cielo,
mis ojos agotados no ven
más que recuerdos de soles.
En vano he querido del espacio
hallar el fin y el centro;
bajo no sé qué ojo de fuego
siento que mis alas se rompen.
y quemado por el amor de lo bello
no tendré el honor sublime
de dar mi nombre al abismo
que me servirá de tumba. )

domingo 9 de enero de 2011

Los libros blancos

No sé si interesa, pero bueno, yo lo digo. Por fin he activado mi otro blog, cuyo enlace encontraréis en la cabecera, y milagrosamente estoy publicando a un ritmo razonable. Por si queréis pasaros.

viernes 7 de enero de 2011

La espera también forma parte de la alegría

Cuando vuelvas
mis ojos estarán extenuados
como si en estos meses dejativos y transeúntes
nunca hubieran dejado de andar para mirarte.
La ausencia pesa tanto que es preciso convertirla en espera,
apaciguarla
igual que se hace un torniquete sobre el brazo para evitar la
pérdida de sangre;
y ahora quiero decir
que en cada uno de los sitios en donde nos citamos
la esperanza de verte tiene un nivel distinto,
cada lugar tiene su profecía,
éste es el rito de la espera.
Dicen, amiga mía, «que el humo sabe adónde va»,
y por lo tanto en esta hora sólo tengo que hacer un
sustraendo,
una ligera operación mental,
y recordar los ruiseñores absolutos,
las sombras disponibles,
los membrillos,
las llagas,
y así he llegado hasta tu calle,
y ahora me encuentro ante tu puerta
para quedarme quieto, sin llamar, porque la dilación forma
parte de la alegría,
y sé que el corazón hay que reunirlo poco a poco,
hay que reunirlo prematuramente
para poder tenerlo junto en el momento necesario.

La puerta es un espejo que se mueve
y al acercarme
pesa tanto la mano que no la puedo levantar para tocar el
timbre,
no llego hasta esa altura,
hay días en que la muerte está tan cerca que no se puede
alzar la mano;
ya causa de ello
he iniciado el retorno
para seguir callejeando sólo un momento más,
sólo un momento,
detenido,
igual que el agua fría se bebe sorbo a sorbo,
o
también
como a veces se detiene el orgasmo,
cuando la dicha es tan intensa que no queremos que se agote,
y volver a empezar se parece a morir.

Los amigos me dicen que cuando estás en la playa bañándote
las nubes se adelantan a las olas,
y yo estoy solo ante tu casa
tratando de vivir este momento previo,
y salgo a la avenida
en donde todos los portales tienen el mismo número igual
que las arterias tienen la misma sangre,
y las casas sienten de tal manera su vecindad que abandonan
la acera
y tienden a acercarse como las letras de una sílaba,
y todas las ventanas comienzan a cerrarse,

todavía no, mi amor, espera un poco, hay que acabar este
paseo


y demorar los pasos y los ojos hasta entrar en el cine
cumpliendo un rito de purificación,
ya
que
lo cierto es como un parto,
y al entrar en la sala te adentras en la sombra,
y en el silencio escuchas la sangre dialogada,
y sientes un calor primigenio y anónimo que te taladra con
una especie de rubor corporal,
¿no has observado que al sentarte en el cine te inmovilizas
y tardas mucho tiempo en atreverte a mirar hacia tus
compañeros de butaca por temor a encontrarlos
desnudos?
y desnudos están,
configurándose,
en la antesala del vivir,
y si entonces les tocaras los ojos tocarías la esperanza.

Esto pudiera sucederme
ahora,
si no salgo a la calle para desplacentarme,
-tengo que hacerlo pronto-
y al salir estoy viendo que los políticos de izquierdas hablan
siempre del pueblo,
y los políticos de derechas hablan siempre de España,
¡es tan fácil mentir!

todavía no, mi amor, espera un poco, hay que alargar este
paseo,


y tú estarás ahora con el cuerpo dormido bajo el sol,
mientras las casas convecinas,
las casas que tantas veces vimos juntos,
continúan acercándose y estrechando la calle,
estrechando la calle para hacerla más íntima y más tuya
igual que las paredes de la alcoba,
cuando llega la noche,
se empiezan a abrazar para darnos facilidades.

Así llego hasta el bar que está vacío,
pero lleno de huellas,
como queda la tierra coceada donde hubo una estampida,
ayer quizá fue día de fiesta,
y el inmenso salón me recuerda una playa
en cuyo extremo hay un sofá de terciopelo rojo,
y en el extremo del sofá está sentada una pareja
que ha venido al café para esperar,
y ambos se esperan aunque están mirándose,
pues algo de ellos no ha llegado aún,
y ambos tienen una misma desolación
que les está neutralizando
como si se tuvieran que suicidar ahora para hacer el amor
a la salida.
(Hay personas así, que tienen el amor despavorido
y el miedo no les da nunca cesantía.)

Y yo fui acostumbrándote a estar en este bar
en donde veo dos gatos que se están generalizando
-la cafetera lagrimeante, el anaquel, la tortiIla difunta-
y una mujer muy rubia que como no tiene nada que hacer
deposita su rostro en el espejo,
y otra mujer muy cierta que entra ahora, se sienta junto a
mí y está moreneando,
mientras que los amantes venideros,
los amantes que deshabitan el sofá se empiezan a tocar de
una manera exánime,
y siento que el reloj es un goteo de sangre en la muñeca,
y el tiempo se hace un grito,
y me bebo de un sorbo el café solo,
y la sangre se mueve por mis venas con ese miedo líquido
de la felicidad
cuando salgo a la calle

todavía no, mi amor, espera un poco, hay que alargar este
paseo


y siento ya bajo la lengua la miel anticipada
como un interruptor que apaga el mundo

todavía no, mi amor, espera un poco

y comienza a entreabrirse una puerta,

todavía no, mi vida,

y tú estás encuadrada en el dintel,

espera un poco

y yo puedo mirarte para seguir creyendo en lo que veo.

Luis Rosales

jueves 30 de diciembre de 2010

Fotopoética 4: Mendiga voz

Y aún me atrevo a amar:



el sonido de la luz en una hora muerta,

el color del tiempo en un muro abandonado.


Alejandra Pizarnik

viernes 17 de diciembre de 2010

Durante tanto tiempo he retenido al ángel...

Durante tanto tiempo he retenido al ángel
que se me ha vuelto pobre entre las manos.
Se ha ido haciendo pequeño mientras yo crecía
y ha llegado un momento en el que yo era el consuelo
y el sólo una súplica que se alza con temblor.

Le he dejado entonces que se fuera a su cielo.
Me ha dejado las cosas de las que ya se ha ido.
Ha aprendido a volar, y yo entiendo la vida.
Y ahora, poco a poco, nos hemos conocido...

Rainer Maria Rilke

sábado 4 de diciembre de 2010

Cansera

¿Pa qué quiés que vaya? Pa ver cuatro espigas
arroyás y pegás a la tierra;
pa ver los sarmientos rüines y mustios
y esnüas las cepas,
sin un grano d'uva,
ni tampoco siquiá sombra de ella...
Pa ver el barranco,
pa ver la laera,
sin una matuja... ¡Pa ver que se embisten,
de pelás, las peñas!...
Anda tú, si quieres,
que a mí no me quea
ni un soplo d'aliento,
ni una onza de fuerza,
ni ganas de verme,
ni de que me mienten, siquiá la cosecha...
Anda tú, si quieres, que yo pué que nunca
pise más la senda,
ni pué que la pase, si no es que entre cuatro,
ya muerto, me llevan...
Anda tú, si quieres...
No he d'ir, por mi gusto, si en crus me lo ruegas,
por esa sendica por ande se fueron,
pa no volver nunca, tantas cosas buenas...
esperanzas, quereres, suöres...
¡To se fue por ella!
Por esa sendica se marchó aquel hijo
que murió en la guerra...
Por esa sendica se fué la alegría...
¡Por esa sendica vinieron las penas!...
No te canses, que no me remuevo;
anda tú, si quieres, y éjame que duerma,
¡a ver si es pa siempre!... ¡Si no me espertara!...
¡Tengo una cansera!...

Vicente Medina